Diálogo interior.

Sí. Lo ha sido. Hoy ha ido la sucesión de instantes más tristes que he tenido desde que me levanté la mañana siguiente a la Noche de la Publicidad, con mis ilusiones por los suelos y mi pase nocturno en la mano. Aquella mañana el mundo se me echaba encima, presionando mi cabeza con absurdos recuerdos que nunca tuvieron lugar, con posibles y acasos, con situaciones obligadamente inventadas. Y fué quizá esto lo que propinó tal algarabía de pensamientos depresivos y atormentados, aderezados con un posible desamor de un probable amor que tiene visos de no florecer nunca, pero el cual se vió forzado a gritar ante la ausencia de la propia alegría.

Debo reconocer que ahora estoy escribiendo bajo los efectos de una droga, quizá la más potente y enfermiza que he conocido nunca, una droga que te hace pasar de ser el hombre más feliz y tranquilo de la tierra a ser el tio más neurótico y pesado del momento. Una droga cuyos efectos se pasan mejor en compañía, pero que tiene la facultad de llegar en los momentos más solitarios. La jodida droga a la que me refiero, se encarga de aplastar tus ilusiones de tal modo que llegas a dudar hasta de tu propia existencia. Esa droga es la tristeza, y la cura…la cura espero que sean estas palabras. Encuentra el problema y desaparecerá. Me lo dijo el mejor psicólogo: mi Yo. Lo que no quiere decir que sea un consejo infalible.

Es curioso, cuando parece que la vida camina rauda sobre el tiempo y el espacio, alegre en sus formas, e increíblemente maravillosa en su fondo, siempre hay algo que sale a flote y se encarga de decirte que no eres más que una mota de polvo, quizá con tu propia alfombra, pero una mota de polvo, al fin y al cabo. Y al convertirme en una mierda de mota de polvo con valor insignificante es cuando los problemas parecen salir de todos lados. Es como si nuestro estado de ánimo fuera una enorme manta de sentimientos. Esa manta, cuando nos divertimos y estamos alegres, flota en el aire sin apenas problemas. Pero cuando llegan vientos de tristeza o depresión, cae al suelo, donde, mira por donde, están, en forma de enormes pinchos de piedra, todos los problemas que habías obviado. Y, al no poder flotar en el aire, la manta queda a merced de ser atravesada o no por dichos pinchos. Y créanme, siempre hay alguna que te atraviesa.

Hoy, el día treinta de junio, que apuntaré como el más negro de las últimas semanas, comenzaba el día abriendo los ojos, pero no sonriendo. En uno de mis más recientes extraños sueños, la Ciudad Onírica se veía atacada por quien sabe qué (si no recuerdo mal era o un cohete o una enorme y gigantesca botella de leche). El caso es que ya de por sí, antes de levantarme, estaba ofuscado, jodido, humillado, cansado, dolido, estremecido, estupefacto, de bajona, encrespado, impotente….y claro, si encima luego te levantas, pensando en ver y experimentar la magia, y ves que tus acompañantes se han largado sin apenas hacer ruido, y mucho menos avisar, pues casi que lo que más apetece es darte la vuelta, dormirte e intentar salvarte, al menos, en tu vida onírica. Más claro: una semana esperando el festivalito de magia, y cuando llega el día lo único que haces es estar lloriqueando tú solo por el hecho de que se han ido sin tí. Incluso el repelente niño solo en casa se lo pasó mejor que yo.

Me bombardeo yo solito con sucios y despectivos términos, me taladreo mi cerebro como si fuera mi puto propio antagonista. Y se me ocurre preguntarme por qué cojones no las llamé yo, o por qué cojones no terminé de hacer mis cosas y me fuí al festivalito por mis propios medios, o por qué cojones el cuerpo se me paraliza cuando creo que he sido reducido a la importancia de un comino, o cuando simplemente enjuicio las situaciones desde un putno de vista maniacodepresivo. Debería haberme gritado a mí mismo que quizá no me han avisado por diversas razones que, con la venda de la tristeza, no alcanzo a ver. Y que seguramente tengan una buena excusa, o, es más, que ni siquiera necesiten una puta excusa, si el interesado en ir soy yo. Eso hubiera sido lo bonito. Hubiera razonado, las hubiera llamado y estaría ahora mismo disfrutando en Madrona en vez de estar sumergido en una mierda de noche solitaria frente a la dichosa pantalla. Así habría sido, si no hubiera sido Treinta de Junio. Pero como me levanté ya bajo los efectos de la droga antes mencionada, lo único que he hecho es intenar desconectar a mi mente de la realidad, no así mi cuerpo, por supuesto. Y siempre bajo los efectos de esta droga, cuando llegaran les diría cómo han tenido el feo detalle de no avisarme, y ni siquiera llamarme más tarde para decirme “aquí estamos”. Pero en realidad, ellas saben que soy un osezno dormilón y confiaron en que las llamara al despertar. La tristeza inherente del Treinta de Junio me impidió ver una solución tan fácil.

Ahí lo comprendo, y creo que es un fallo muy gordo el hecho de ser a veces tan malqueda, tan ensimismado…la relación con los amigos, por muchas cosas bonitas que hagas, o por muchas risas que consigas, o aunque intentes siempre hacerles bien, puede verse fácilmente erosionada por un nimio gesto. Por llegar siempre tarde y mal. Por no escuchar lo suficiente. Por vivir demasiado a tu bola. Por no abrir del todo tus sentimientos. Por parecer un fantasma. Joder…

Siempre dije que me gusta irme por las ramas. Seguramente hubiera obivado toda esta anterior sucesión de palabras sino tuviera esa opresión en el pecho. Sino tuviera esa tristeza impregnada. Si pudiera dejar de lado mis miedos y lanzarme en vacío hacia lo que sea. Y aquí entro en uno delos temas más comentados entre las personas de toda época. El amor.

El amor. Ese sentimiento. Tan alegre que con él puedes sentirte el hombre más libre y orgulloso de la tierra, que puede hacer que osciles sólo entre el ánimo de amar y el de ser amado. Diría que incluso puede hacer levitar. Pero tan melancólico que puede llegar a hacer sentir tu pecho oprimido sin razón alguna, o tener pensamientos que jamás habrías imaginado acerca de alguien. O sentir en tu interior cualquier nota de esa canción que tanto te recuerda a ella.

Debo reconocer que mi sentido del amor debe estar muy desarrollado. Pero en mi ecuación falta una variante. Amo a mi familia, amo a mis amigos, amo mis aficiones y mis facultades…pero no hay mujer que se haya prestado aún a ser amada. Es atractiva la vida de hombre-abeja, que va de flor en flor, con sumo cuidado, que trata bien a toda flor, recolectando néctxperiencias. Es una vida en la que uno se puede dedicar a sí mismo plenamente. No depende de nadie (salvo en Treintas de junio, hipócrita). Hace lo que le parece, expande su arte y su manera de ver el mundo o de tomarse la vida. Disfruta plenamente de sus amigos, y, cuando surge, del placer del beso femenino.

Es ciertamente brillante, la vida que todo hombre desea…hasta que se cruza en su camino una mujer que merece participar de la expansión de su arte, que tiene su propia visión del mundo, que disfruta de sus amigos y de la vida mejor incluso que él mismo…pero que resulta ser persona demasiado cercana, y él no tiene güebos o no sabe cómo abordar el tema sin desquebrajar los lazos que les unen. Tiene miedo de ser pesado, de sonar tópico, de resultar nimio y vacilante. A él le gustaría llevar el tema con normalidad, comentarle que le regalaría el mundo y seguir para adelante, sin perforar ninguna relación, siendo sincero y puro, con ella y con él mismo. Le gustaría ser galán de bellas frases para lograr ensimismarla y demostrarla que no es un simple capricho, o un deseo pasajero, o el resultado de un cariño mal entendido…sino que quizá sea algo más, aunque no lo etiquete como amor. Porque no es normal pensar en una persona más que en sí mismo a lo largo del día. No es normal tener clavada en la mente su sonrisa, o su forma de ser. Ni que la simple visión de esa persona te alegre para varios días. Madre mía, Platón, Shakespeare…¿es ésto amor?.

Pero claro, pregunto y pregunto por ahí. Y no lo hago a las personas más cercanas porque no me gusta la sensación de que la gente sepa lo que pasa por mi cabeza al ver a alguien. Porque me condiciona el comportamiento. O, simplemente, porque me cuesta caer en la tristeza en la vida real, y sólo durante dos o tres días al año creo tener problemas, o nado entre ríos de mierda. Y supongo que ganaría más si comentase mis movidas más abiertamente, en vez de intentar ser siempre el tipo feliz. Pero a quién pregunto sobre mi ensimismamiento pseudoromántico sólo me dice: “olvídate, que la cagas”, “Es mejor años de amistad que horas de sexo”..pero si yo buscara sexo saldría un par de noches de fiesta, y lo mismo lo encontraba. Pero al igual lo que busco es una persona que conecte conmigo pero que no se funda en mí. Alguien con el que ser 1+1. Nada de amargar la vida a nadie con paranoias, sino disfrutar juntos la existencia, sea un día o sea una eternidad. En fin…quizá lo que busca todo el mundo…pero a mí siempre me gustó ir contra el mundo, a contracorriente, además, el mundo no cree en la magia, y yo la venero, aunque no pueda hacerla una imagen para adorarla. Por lo que mi postura más convincenta y pura, más “böîgianna”, sería la de creer que todo es posible, que la magia existe y que a lo que diga el mundo, lo contrario. O puedo seguir encerrado en mi mente hasta que se me pase, cual Mark Renton desenganchándose del caballo. ¿Desengancharme para siempre? Suena fatal, además de que suena a degollar sueños e ilusiones, y eso no me va. Veremos.

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