Rimbaudistas

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En nuestra astronomía no puede faltar el nombre de Arthur Rimbaud. Somos rimbaudistas sin saberlo ni quererlo. El es el patrón de nuestras múltiples poses y pretextos sentimentales; la estrella de la moderna desolación estética. Rimbaud se divide en dos partes. Es un poeta y un rebelde, y lo último prevalece. Sacrifica el poeta al fugitivo. Como poeta ha dado mucho, pero no ha llegado al final. Le falta el sosiego, el don de saber esperar. Una disposición salvaje o asalvajada se opone hasta la aniquilación a las fuerzas básicas sacerdotales, delicadas y comedidas de una persona sintética, de un poeta nato. El concierto y el equilibrio le parecen no sólo a veces, sino casi ininterrumpidamente debilidades sentimentales, encantamientos suntuosos; un regalo envenenado del mundo europeo ansioso de morir. Teme sucumbir a la postración y debilitamiento generales; teme ser la víctima de una decadencia indigna si sigue sus impulsos apocados y más reposados. No puede decidirse a sacrificar a esta Europa el espejismo de aventuras esplendorosas.*

El descubrimiento de Rimbaud es el europeo como “falso negro”. Su particularidad consiste en haber sufrido el embrutecimiento hipócrita de Europa, el autoembotamiento general, la Capua humanitaria de los espíritus hasta el punto de sacrificar su propio talento. Cuando después viajó a Harare y Kaffa, tuvo que reconocer que tampoco los negros auténticos respondían a su ideal. Buscaba un mundo fabuloso: lluvia de rubíes, árboles de amatista, reyes de los monos, dioses con figura humana y religiones fantásticas en las que la fe deviene culto fetichista a la idea y al ser humano. Al final pensó que tampoco los negros valían la pena. Renunció a ser el curandero amistoso y el ídolo en medio de una población limitada y vulgar. Podría haber tenido lo mismo, tal vez más despacio, en Bretaña o en la Baja Baviera. Los negros ahora eran negros, antes eran blancos. Los de ahora criaban avestruces, los de antes criaban gansos Esta era toda la diferencia. Aún no había descubierto el prodigio de la trivialidad ni el milagro de lo cotidiano. De él se puede aprender cómo no se debe proceder. Fue hasta el final por un camino equivocado.

*

Tenía un ideal religioso, de culto, del cual realmente sólo sabía una cosa, que era más grande e importante que un talento poético extraordinario. Esta idea le dio la fuerza necesaria para retirarse voluntariamente, anulando lo que había creado, aunque fueran piezas maestras de lo que en su época se entendía por arte poético europeo.

Hugo Ball

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