Relatos de Coco.

“Musas”(o de geniales encuentros fortuitos con libres mentes femeninas).

Boris no era dado a enarbolar banderas que acercaran su presencia a la masa enfervorizada, pero eso no significaba que no supiera saborear, en cualquier momento y lugar, la majestuosidad de la amistad. Se contagió así de una alegría que creía ajena a él, la de las colectividades absurdas, una vez la batalla de las pelotas hubo concluído con victoria del bando de los bajitos (“Yo soy alto” -pensó).

Pero durante el acto que seguían millones de personas, Boris no estaba al tanto de lo que estaba sucediendo, ya que su mente alada volaba por las proximidades de la mente de una bella musa, que, poco antes, había llamado su atención por el aura brillante de todo su ser.

La timidez del joven aprendiz de poeta ni siquiera había llamado para avisar de su llegada. Pero dió igual, porque Boris no le abrió la puerta, y su mente, sutilmente aderezada de cebada, desoyó todos sus miedos para intentar acercarse a la que él contemplaba con recogido ensimismamiento.

Y ambos se encontraron en Iowa, y, a partir de ahí, Boris sólo recuerda un contínuo fluir de historias y pareceres, sonrisas y anhelos, inventos, gustos y gestos. Y, de la mano de aquella ninfa, sintió como el otrora mundo escandaloso apagaba todas sus voces para concentrarse en la química conversación que los dos espíritus libres mantenían.

La ciudad celebró el encuentro con festejos, e incluso intentó obligarles a mirar a un cielo pintado de luces, mientras Boris no lograba dejar de observar los ojos penetrantes de la bella musa. No recordaba bien el color de éstos, pero alcanzó a describirlos como “una suave fusión de un horizonte de bosques y cielo”.

Pese a lo bello y sorprendente del momento artístico que ambos compartían, él rasgó los ropajes de lo inmediato y visitó al tiempo de Eterno. Prefiriendo disfrutar del momento que acabarlo erróneamente.

Y terminó, tras acabar de contarle boris una historia interminable. Ella danzó susurrante hacia el cielo, buscando una llamada; él quedó tranquilo, esbozando una grata sonrisa, pensando en lo azaroso de su encuentro con la ninfa, sin creerse aún que ésta hubiera cedido tiempo y atención a las paranoias de un soñador ambulante. Pero la sonrisa también partía de la melancolía: recordando momentos no vividos con una musa que pronto se marcharía lejos, al país del bando de los vencidos.

Boigandreau

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