Relatos de coco.

Corre.

Descendía con rapidez aquel acantilado, tenía los pantalones llenos de espigas y cada punzada en sus piernas era como la mordedura del más cruel gusano. Algo seguía moviéndose tras él y, por más que corría, no lograba dejarlo atrás.

Vislumbró a los pies de la abrupta cadena de piedras una pequeña orilla de un río que nacía varios metros más adelante. El color del río era de tonos morados, y bultos en su superficie acompañados de feroces remolinos sugerían que esas aguas no estaban deshabitadas.

Tropezó con una piedra repleta de almejas y cayó rodando a lo que parecía sería su fin entre las fauces de quién sabe qué seres infernales. A la tercera vuelta de campana notó como caía sobre un mullido y fresco campo, exuberante en cuanto a flora se refiere, lo que amortiguó su golpe al caer de quién sabe dónde.

No sabía como había llegado allí y, aún sabiendo que estaba bastante lejos de los riscos que antes intentaba descender, lo que fuera que le perseguía había iniciado de nuevo su búsqueda y no tardaría en encontrarle.

Alzó la mirada para vislumbrar el nuevo paisaje que crecía ante sus ojos, y, en el horizonte, logró divisar lo que parecían las sombras de una vasta ciudad. Encontró una bicicleta de ruedas ovaladas y comenzó a pedalear para llegar lo antes posible a un sitio más resguardado.

El ambiente era frío y sombrío. Ya antes de adentrarse por las calles grises y solitarias de la ciudad percibió que allí parecía no haber nadie. Aún así, se sentía observado por millones de ojos que se movían tras el velo del viento, que así ocultaba la figura de los seres que escoltaban su llegada.

Las paredes de los edificios estaban repletas de imágenes y frases que pretendían vender quién sabe que estrafalarios objetos metálicos y redondos que él recordaba haber usado en una época no demasiado lejana. Las calles estaban llenas de trastos olvidados y mugrientos que, suponía, eran los objetos que se conseguían si lograbas reunir un número de piezas de metal suficientes.

A medida que avanzaba notó que la calle se estrechaba y se alargaba según sus propios movimientos. Las señales se empequeñecían según se acercaba y la carretera se ondulaba según fuera más o menos deprisa. La sensación que dejaba tal amalgama de movimientos sensoriales le produjo ciertas náuseas, y más cuando, de repente, sintió tras él la opaca presencia de aquello que llevaba persiguiéndole tanto tiempo.

Dejó la bicicleta en la cuneta y comenzó a pie su periplo por minúsculos callejones de paredes humeantes y suelos húmedos, que le recordaban más a una senda selvática que a la asfaltada mole de construcciones en la que creía estar. Lamentablemente, el laberíntico barrio en el que se había introducido no hacía más que procurarle un camino en espiral alrededor del punto del que partió, lo que conllevó que el extraño ente que seguía sus pasos se acercara inexorablemente a su presa. Había perdido el rumbo, y no tenía ni idea de cómo se iba a librar de esa infame bestia, de la que ya casi sentía el apestoso aliento sobre su nuca.

Estaba a punto de girar una esquina cuando pensó en cómo podría salir de allí, y al torcerla vio como toda la realidad en la que se encontraba, desaparecía igual que desparece el vaho de la ventana de una cálida habitación cuando la abres y entra el intenso frío de la mañana. La ciudad hizo caer sus edificios ante sus ojos y se encontró de repente en la oscuridad más absoluta.

No sentía peso alguno, estaba en un levitar que parecía eterno, pero aún así sintió levemente un atronador golpe en su pecho, y del impacto no sintió sangre alguna. En ese momento, se dio cuenta de que lo anteriormente vivido sólo había sido el último derrape de la vida ante el frenazo que propone la propia muerte. Unos últimos instantes de vitalidad que sólo él había podido experimentar. Un pequeño y angustioso grito del alma, el último intento por escapar al destino, sabiendo que el cuerpo ya no te acompaña y que sólo tus sueños pueden hablar de lo que fué tu existencia. Los sueños…

…esos que tan muertos estaban en vida, y que tan vivos se encontraban una vez llegaba la muerte. Comprendió que la clave para alumbrar el oscuro horizonte era llevar a cabo sus sueños, por muy perdido que estuviese en un mundo en el que parecía que la percepción lógica no tuviera tanta importancia como auguraban los sabios terrenales.

Lo que resultaba ser un ambiente negruzco, casi azabache, empezó a vislumbrarse tal y como si fuera un cielo estrellado, solo que en vez de astros brillantes había ante él toda una constelación de ojos que le observaban con una mezcla de curiosidad y de miedo. Él no era menos, y no osó moverse un ápice del lugar donde se encontrara hasta que la luz que emanaba de la mirada de esos seres le permitiera ver acaso algún retazo del paisaje.

A partir de aquí, nada se recuerda, pues es el lector quién debe dibujar el paraíso de sueños que el último de estos párrafos debe detallar.

Así pues, corre: ve a soñar.

Olivier Boigandreau.
Anuncios

2 comentarios en “Relatos de coco.

  1. boigandreau dijo:

    Depende de si esa muerte es vital o emocional, mucha gente nace y no está viva, los sueños pueden ayudar a revivirles en un mundo gris que apela a la muerte para recorrerlo:)
    En ese caso soñar te devuelve toda la vida que habías olvidado o dejado a un lado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s