Olas y Bifanas #Goodbye Cabo Verde

Cierro el ciclo de publicaciones “Olas Y Bifanas” con este “Goodbye Cabo Verde”. Compuesto de un bellísimo poema de Pablo Resino, y una “apersianada” prosa propia, una loa a la pérdida (o regalo) de mi iPhone a un tipo de Cabo Verde que fue un gran tipo durante 5 horas, y un hijo de puta durante dos minutos. Un texto que se convierte en mi grito contra el cable en la nuca.
Gracias a todos los que habéis seguido las publicaciones y, sobretodo, gracias a los viajantes que compartieron alma y horas conmigo en esos fantásticos 10 días en Portugal. Un abrazo.

Dos hermanos se quieren,

después de ir, de venir, de no verse, de echarse de menos,

agradecen poder estar juntos.

Les gusta dejarlo por escrito: gracias, hermano.

Me he casado,

he bebido tanto que he tenido que dejar de beber,

he corrido por gusto y por miedo,

he pensado en ti en todas las horas,

de todos los colores.

Me he separado,

me he desesperado,

casi vuelto loco, en la soledad.

Ahora estoy aquí y mirándote veo en tus ojos un fondo,

una vida, tu vida, que puede ser la mía pero es tuya.

Quería verte y te veo.

No hay nada mejor.

Gracias, hermano.

(PR)

Fueron lágrimas reales por la pérdida de alguien, de mí, en formato word, tipografía de la experiencia, plasmadas ocurrencias, que regalé relajado al negro traidor. Éste embelesó nuestras conciencias hasta tal punto de llevarnos a la más lejana esquina donde sacar su guante blanco.

Al menos no guardo cicatrices del momento, no en mi cuerpo, mi mente sigue preguntándose dónde carajos estaba el sentido común cuando cayó la caja negra.

En fin, así a toro pasado descubro sorprendido que llevaba tiempo preparando el desarraigo tecnológico. Que si guarda esto aquí, que sin pon esta cadena numérica de desbloqueo, que si me harta tener todo el día el cable en mi nuca…

Igual me traicioné a mí mismo, aprovechando el estado de embriaguez. Puede que fuera una traición por el bien de mi nación, cuya única bandera son mis ojos y cuyo ejército suma diez dedos, y ningún megabyte.

Tras la tormenta protagonizada por la vergüenza propia, todo fue más calmado. La cabeza baja, eso sí, pero poco a poco volviendo a levantar el vuelo.

Quizá ahora, sin un lastre como el botón de inicio, pueda volar más arriba, o planear más abajo sin caer. O, simplemente, apuntar una idea y realizarla de ipso facto, dejando las teclas paso a la tinta y el pergamino, que tanto bien han hecho a la cultural.

Quizá me desligué de la Dictadura del Click para apretar con mis manos la arena, o usar los dedos para señalar a la Luna.

Voy percibiendo que mi alma está contenta, la cabrona, de haber sido tan estúpida. Ya que en vez de resumir mis sentimientos en una frase y dar al intro, me he parado a redactar estos pensamientos.

(OB)

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